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24 de diciembre de 2006 - 4º Domingo de Adviento

El saludo de una madre   

 

Lecturas

Miqueas 5, 1-4

Salmo 80, 2-3,15-16,18-19

Hebreos 5, 5-10

Lucas 1, 39-45 

 

En este último domingo antes de Navidad, la liturgia de la Iglesia revela la verdadera identidad de nuestro Redentor: Él es, como dice la primera lectura, el gobernador...cuyos orígenes son antiguos, desde tiempos remotos. Ha de salir de Belén, donde nació David, hijo de Jesé el de Efrata,  y fue ungido rey (cfr. Rt 4, 11-17; 1S 16, 1-13; 17.1; Mt 2,6).

 

Dios prometió que un heredero de David iba a reinar sobre su trono para siempre (cfr. 2S 7, 12-13; Sal 89; Sal 132, 11-12).

 

Jesús es ese heredero, de quien los profetas prometieron que restauraría a las tribus extraviadas de Israel para constituirlas un nuevo reino (cfr. Is 9,5-6; Ez 34,23-25.30; 37, 35). Él es el “pastor de Israel”, sobre quien canta el salmo de hoy. Su trono está en el cielo y ha venido a salvarnos.

 

La epístola de este domingo nos dice que Él es, a la vez, Hijo de David y el Hijo único de Dios, que vino “en la carne” (cfr. Sal 2,7). Él es también nuestro “sumo sacerdote”, de la orden del misterioso Melquisedec, “sacerdote de Dios Altísimo”, quien bendijo a Abraham en los albores de la historia de la salvación (cfr. Sal 110, 4; Gn 14, 18-20).

 

Todo esto es reconocido por Juan cuando salta de gozo en el vientre de su madre. También Isabel, también, se llena de alegría y del  Espíritu Santo. Ella reconoce que, en María, la madre del Señor le ha venido a ver. Escuchamos en sus palabras otro eco del salmo citado en la epístola de este domingo (Sal 2,7). Isabel bendice a Maria por haber tenido fe en que la Palabra de Dios se cumpliría en ella.

 

María representa el cumplimiento, no sólo de la promesa del ángel,  sino de todas las promesas de Dios en el transcurso de la historia. Dará a luz esta semana, en la Navidad. Y el fruto de su vientre debe traernos gozo, porque ella es la Madre de Nuestro Señor.

 

 

 

Al Partir el Pan

 



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