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28 de enero de 2007, Cuarto Domingo de Tiempo Ordinario

Profeta de las naciones

 

Lecturas:

Jeremías 1, 4-5,17-19

Salmo 71, 1-6,15-17

1 Corintios 12,31-13,13

Lucas 4,21-30

 

Las palabras de Dios de la primera lectura nos dirigen más allá que Jeremías a Jesús. Como Jeremías, Cristo fue consagrado en el vientre de su madre y enviado como “profeta de las naciones” (cfr. Lc 1,31-33).

 

Jesús enfrenta hostilidades como los profetas que le precedieron. En el Evangelio de hoy, la muchedumbre en la sinagoga de su pueblo natal se pone en contra de Él, aparentemente exigiéndole una señal, alguna prueba de sus orígenes divinos, de que es más que “el hijo de José”. 

 

La señal que les da es la misma que la de los profetas Elías y Eliseo. De sus historias, toma dos ilustrativos relatos. En cada uno de ellos, los profetas pasan por alto a “muchos en Israel” y conceden bendiciones divinas a extranjeros (no israelitas) que creían en ellos como hombres de Dios (1 R 17,1-16; 2 R 5, 1-14). Jesús hace énfasis en que “nadie... ni uno solo” en Israel fue encontrado merecedor de esos dones.

 

La audiencia capta el mensaje. Ellos saben que Jesús los está identificando con esos “muchos en Israel”, del tiempo de los profetas. Por eso  tratan de despeñarlo desde una altura escarpada. Y Dios libera a Jesús de quienes lo quieren dañar, como había prometido a su siervo Jeremías también.

 

Y como Elías y Eliseo, Jesús es enviado a proclamar el don divino de la salvación; no sólo a una nación o pueblo, sino a todos los que reconozcan en fe que, desde el vientre materno, sólo Dios es su esperanza, El que los rescata, su “roca y refugio”, como cantamos en el salmo de hoy.

 

Pablo nos dice en su epístola que las profecías son limitadas y desaparecerán “cuando venga la perfección” del amor. En Jesús, la palabra de los profetas ha sido llevada a la perfección y se ha cumplido en quienes tienen oídos para escuchar, como Él mismo declara en el Evangelio de hoy.

 

El amor es más grande que los dones de la fe y la esperanza. Jesús nos enseña a amar como Él y a amar a Dios como nuestro Padre, que nos formó en el vientre materno y nos destinó a escuchar su Palabra salvadora.

 

Esta es la salvación; estas son las “grandes maravillas del Señor” que, como el salmista, proclamamos diariamente con gratitud en la Eucaristía.

 

 

Al Partir el Pan

 



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