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11 de febrero de 2007, 6o Domingo de Tiempo Ordinario

Ricos en la pobreza

 

Lecturas:

Jeremías 17, 5-8

Salmo 1,1-4, 6

1 Corintios 15,12.16-20

Lucas 6,17.20-26

 

Las bienaventuranzas y los ayes que escuchamos hoy en el Evangelio expresan la perfección de toda la sabiduría del Antiguo Testamento.

 

Esa sabiduría se resume  con maravillosa simetría en la primera lectura y salmo de hoy: Ambos declaran que los justos--aquellos que esperan en el Señor y gustan de su Ley- prosperarán como un árbol plantado junto al río. Los malditos, aquellos que ponen su confianza en los seres humanos, están destinados a marchitarse y morir.

 

Jesús dice lo mismo en el Evangelio. Para Él, los “ricos” y “pobres” son más que miembros de distintas clases económicas. Su estado material simboliza su estado espiritual.

 

Los “ricos” son los “insolentes” del salmo de hoy, que hacen alarde de autosuficiencia y buscan su fuerza en la carne, según la expresión de Jeremías en la primera lectura. Los pobres son los humildes, que ponen toda su esperanza y confianza en el Señor.

 

Ya hemos visto esta dramática inversión de términos en el “Magnificat” de María. Ahí también los ricos son derribados, mientras los hambrientos son saciados y los humildes exaltados (cfr. Lc 1, 45-55; 16, 19-31).

 

Ese es el “mundo de cabeza” que presenta el Evangelio: en la pobreza ganamos tesoros espirituales inimaginables; en el sufrimiento, e incluso en la muerte, por el Hijo del Hombre, encontramos vida eterna.

 

Las promesas del Antiguo Testamento eran promesas de poder y prosperidad, del aquí y ahora. La promesa de la Nueva Alianza es gozo y libertad verdadera, incluso en medio de la miseria y dureza de esta vida. Pero no sólo eso. Como dice Pablo en la epístola de hoy, somos los hombres más desgraciados si nuestra esperanza es “solo para esta vida”.

 

El significado de las bienaventuranzas de Dios es que reiremos con la gratitud de los cautivos liberados del exilio (cfr. Sal 126, 1.2), seremos convidados a la mesa celestial del Señor (cfr. Sal 107,3.9), “saltaremos de alegría” como lo hizo Juan el Bautista en el vientre de su madre (cfr. Lc 6,23; 1,41.44) y nos levantaremos con Cristo, “primicia de los que murieron” (1Co 15,20).

 

Al Partir el Pan

 



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