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—Luke 24:32
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17 de septiembre 2006, 24o Domingo de Tiempo Ordinario

Siguiendo al Mesías

 

Las lecturas

Isaías 50, 4-9

Salmo 116, 1-6. 8-9

Santiago 2, 14-18

Marcos 8, 27-35

 

En el evangelio de hoy, encontramos un momento clave para nuestro caminar con el Señor. Después de semanas de escuchar sus palabras y ver sus maravillas, así como los discípulos, somos cuestionados sobre quién es Jesús en verdad.

 

San Pedro contesta por ellos y por nosotros también cuando dice: “tú eres el Mesías”.

 

Muchos esperaban un Mesías taumaturgo que venciera a los enemigos de Israel y restaurara el reino de David (cfr. Jn 6,15).

 

Jesús nos revela hoy un retrato diferente. Él se autodenomina el Hijo del Hombre, evocando la real figura que el profeta Daniel contempló en sus visiones celestiales (cfr. Dn 7, 13-14). Sin embargo, su realeza no es como la de este mundo (cfr. Jn 18, 36); y el camino a su trono, según nos enseña, pasa por el sufrimiento y la muerte.

 

Jesús identifica al Mesías con el Siervo sufriente del que habla Isaías en la primera lectura de este domingo. Sus palabras son las mismas de Jesús, que se entrega para ser humillado y golpeado, confiando en que Dios le ayudará. Al mismo tiempo, escuchamos nuevamente la voz del Señor en el salmo de hoy, agradeciendo a Dios por librarlo de las redes de la muerte.

 

Como Jesús nos dice hoy, creer que Él es el Mesías implica seguir un camino de negación de sí mismo, y perder la vida para salvarla y resucitar con Él a una nueva vida.

 

Nuestra fe, según escuchamos de nuevo en la epístola de hoy, necesita expresarse con obras de amor (Ga 5, 6).

 

Es notorio que Jesús cuestiona a sus apóstoles en esta lectura mientras van “por el camino.” Van rumbo a Jerusalén, donde el Señor entregará su vida. También nosotros vamos de camino con el Señor.

 

Debemos aceptar y cargar nuestra cruz, dándonos a los demás y perseverando en todas nuestras pruebas por la causa de Cristo y la del Evangelio.

 

Nuestras vidas deben ser un sacrificio de acción de gracias por la nueva vida que Dios nos ha dado; hasta el día en que alcancemos nuestro destino, y caminemos ante el Señor en la tierra de los vivos (cfr. Ez 26, 20).

 

Al Partir el Pan

 



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