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—Luke 24:32
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21 de enero 2007, Tercer Domingo de Tiempo Ordinario

El alba de un nuevo día

 

Lecturas:

Nehemías 8,2-6,10

Salmo 19,8-10,15

1 Corintios 12,12-30

Lucas 1,1-4; 4,14-21

 

El significado de la Liturgia de este día es sutil y tiene muchos niveles de sentido.

 

Para comprender qué está pasando en la primera lectura de hoy, es necesario conocer sus antecedentes.

 

Una vez que Babilonia fue derrotada, el rey Ciro de Persia decretó que los judíos exiliados podrían volver a Jerusalén. Éstos, reconstruyeron su templo arruinado (cfr. Esd 6,15-17) y, bajo el liderazgo de Nehemías, levantaron de nuevo las murallas de la ciudad (cfr. Ne 6,15).

 

Todo estaba listo para la renovación de la Alianza y el restablecimiento de la Ley de Moisés como la regla de vida del pueblo. De ello trata la primera lectura de hoy, en la que Esdras lee e interpreta la Ley (cfr. Ne 8,8)  y el pueblo responde con un gran “¡Amén!”

 

Israel se dedica de nuevo a Dios y a su Ley, como cantamos en el salmo de hoy. La escena se asemeja a  la profecía de Isaías que Jesús lee en el Evangelio de este domingo.

 

Hay que leer todo Isaías 61. Las buenas nuevas que nos trae el profeta incluyen estas promesas: la liberación de los cautivos (61,1), la reconstrucción de Jerusalén o Sión (61, 3.4; cfr. Is 60,10), la restauración de Israel como reino de sacerdotes (61,6; cfr. Ex 19,6) y la forja de una nueva alianza eterna (61,8; cfr. Is 55,3). Todo esto es muy parecido a lo que nos dice la primera lectura. 

 

Por su parte, Jesús declara que la profecía de Isaías se cumple en Él.  La escena del Evangelio recuerda también la primera lectura. Así como Esdras, Jesús está de pie ante el pueblo, recibe un pergamino, lo desenrolla y lo interpreta (comparen Lc 4,16-17.21 con Ne 8,2-6, 8-10).

 

En la Liturgia de hoy atestiguamos la creación del nuevo pueblo de Dios. Esdras comenzó su lectura en el alba del primer día de un nuevo año judío (cfr. Lv 23,24). Jesús también proclama un “sábado”, un gran año jubilar, una liberación de la esclavitud del pecado, la dispensa de nuestra deuda con Dios (Lv 25,10).

 

El pueblo aclamó a Esdras “como un solo hombre”. Y, como la epístola de hoy enseña, en el Espíritu, el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es hecha “un cuerpo” con Cristo.

 

 

Al Partir el Pan

 



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