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The St. Paul Center for Biblical Theology The St. Paul Center for Biblical Theology
July 25, 2008 - 5:09 AM EDT
"Did not our hearts burn within us...as he opened up to us the Scriptures?"
—Luke 24:32
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20 de mayo de 2007, Séptimo Domingo de Pascua

Perfectamente Uno

 

Lecturas:

Hechos 7, 55-60

Salmo 97,1-2.6-7.9

Apocalipsis 22,12-14.16-17.20

Juan 17,20-26

 

Jesús ora por nosotros en el Evangelio de hoy. Somos aquellos que han llegado a creer en Él mediante la Palabra de los Apóstoles, transmitida en  su Iglesia.

 

Jesús mostró a su gloria a los Apóstoles, les dio a conocer el nombre del Padre y les mostró el amor que nos tiene desde “antes de la creación del mundo”.  Reveló que Él y el Padre son uno (cfr. Jn 14,9).

 

Cristo es el “primero y el último” (cfr. Is 44,6), él es el retoño de David (cfr. Is 11,10; 2 S 7,12), como declara la segunda lectura de este día.

 

Rodeado de nubes y oscuridad, como lo estuvo Dios en el Sinaí (cfr. Ex 19,16), Él es “el rey… el Altísimo sobre toda la tierra”, como cantamos en el salmo de hoy.

 

Exaltado a la derecha del Padre -tal y como Esteban lo ve en la primera lectura-, el Señor nos llama mediante la Iglesia, su Esposa.

 

Nos llama al “árbol de la vida”, a la comunión con Dios. Esa es la meta de su amor, su plan de salvación desde toda la eternidad: que cada uno de nosotros entre en la vida de la Santísima Trinidad y sea “perfectamente uno” con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 

La historia de Esteban, el primer mártir, nos muestra cómo debemos responder a la llamada de Cristo.

 

Escuchemos los ecos de la crucifixión: Esteban, como Jesús, ve al Hijo del Hombre en gloria y muere con palabras de perdón y auto oblación en sus labios (comparen Hch 7,56-60 con Mt 26,64-65 y Lc 23, 24.46).

 

También nosotros debemos encomendar nuestros espíritus al Padre. Debemos orar y ofrecer amorosamente nuestras vidas por nuestros hermanos, mientras esperamos su regreso y su juicio. Renovamos nuestros votos en cada misa cuando pasemos adelante para recibir de Cristo el don de su vida.

 

Respondemos a su llamada exclamando con nuestro propio: “¡Amén! ¡Ven Señor Jesús!”.

 

Y en nuestra comunión respondemos a la oración de nuestro Señor: “Que ellos sean uno, así como tú y yo, Padre, somos uno”.

 

Al Partir el Pan

 



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