1 de julio de 2012 - 13o Domingo de Tiempo Ordinario

Posted by Dr. Scott Hahn on 06.29.12

¡Levántate!

Lecturas:
Sabiduría 1,13-15, 2, 23-24
Salmo 30, 2, 4-6, 11-13
2 Corintios 8, 7, 9, 13-15
Marcos 5, 21-24, 35-43


Dios, que nos formó a su imagen y semejanza, no nos había creado para morir, según lo que escuchamos en la primera lectura de hoy. La muerte en¬tró en el mundo mediante la envidia del diablo y el pecado de Adán y Eva. Como resultado, todos estamos ata¬dos a la muerte.

Sin embargo, en la conmovedora historia que nos presenta el Evangelio de este domingo, Jesús libera a una muchacha de las manos de la muerte.

Por un lado, San Marcos nos narra un acontecimiento que reveló a los discípulos la autoridad y el poder de Jesús, incluso sobre el último enemigo: la muerte (cfr. 1Co 15, 26). Por otro lado, sin embargo, este episodio busca fortalecer en nosotros la esperanza de que también seremos resucitados, junto todos nuestros seres queridos que duermen en Cristo (cfr. 1 Co 15,18).

Jesús manda a la muchacha a “levantarse”, ocupando la misma pa¬labra griega que se refiere a su propia resurrección (cfr. Mc 16, 6). Con esta narración, Marcos nos da un con-solador mensaje este domingo: que Jesús es la resurrección y la vida. Si creemos en Él, viviremos aún después de la muerte (cfr. Jn 11, 25-26).

Estamos llamados a tener la misma fe que testimonian los papás a los que se refiere Evangelio de hoy; a pedir por nuestros seres queridos confiando en lo que Cristo ha prometido: que ni siquiera la muerte puede separarnos. Es importante observar que los papás siguen a Jesús aunque los de su casa les dicen que no hay esperanza; aunque otros se burlan de Jesús cuando dice que los muertos nada más están “dormidos” (1 Ts 4, 13-18).

Al recibir el bautismo, hemos resucitado a una vida nueva con Cristo. Y la Eucaristía, como la comida dada a la pequeña muchacha hoy, es promesa de que El nos levantará en el último día.

Como cantamos en el salmo de este día, debemos alegrarnos porque Cristo nos ha sacado de las tinieblas del mundo y de la muerte. Al mismo tiempo, respondiendo a la exhortación que nos hace San Pablo en la epístola de hoy, debemos agradecer este hecho maravilloso con la ofrenda constante de nuestra vida, imitando a Cristo en el amor y generosidad que ofrezcamos a los demás.

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