23 de junio de 2013 - 12o Domingo de Tiempo Ordinario

Posted by Dr. Scott Hahn on 06.21.13

Hijos de la Promesa

Lecturas:
Zacarías 12:10-11; 13:1
Salmo 62:2-6. 8-9 r. 2
Gálatas 3:26-29
Lucas 9:18-24


En las lecturas de este domingo escuchamos la voz del profeta Zacarías, quien pronuncia oráculos de parte de Dios. El pueblo ha regresado del exilio. Ya de vuelta en Jerusalén, enfrentan la ardua tarea de reconstruir el Templo. Zacarías reconoce sus apuros y vislumbra más obstáculos.

Pero su penar tiene un propósito. Es un remedio, una penitencia para sanarlos, una fuente”para purificarlos del pecado y la impureza”.

Así purificado, el pueblo estará listo para recibir al Mesías y dar paso a una nueva creación. Dios promete derramar “sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración”.

Para que nadie confunda la identidad del Mesías cuando venga, Dios dice por medio de Zacarías: “En cuanto a aquel a quien traspasaron, harán duelo por él como se llora a un hijo único…a un primogénito”. Esa profecía no se podría cumplir en nadie más que en Jesús, el Verbo hecho carne, el Hijo Unigénito del Dios, el Crucificado.

El día del Mesías, de hecho, vino acompañado de un abundante derrame del Espíritu. Más aún, fue un acontecimiento de salvación no sólo para Jerusalén, sino para todos los pueblos. Tanto los judíos como los gentiles pudieron llegar a ser “hijos de Dios”, según la frase contundente de San Pablo. Ahora “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer…si ustedes son de Cristo, ya son descendencia de Abraham, herederos según la promesa”.

A la luz de estas lecturas, el Evangelio del domingo es conmovedor. Jesús les pregunta a sus amigos más cercanos “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro responde: “El Mesías de Dios”. Entonces Jesús les revela, como Zacarías había predicho, que el Mesías debe ser traspasado, matado y llorado antes que el Espíritu haya de venir en Pentecostés.

El día, de hecho, ha llegado. Sin embargo, todavía esperamos su plenitud y por ello oramos a Dios en el salmo: “yo te busco, mi alma tiene sed de ti, por ti languidece mi cuerpo, como erial agotado, sin agua”.

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